Álvaro Urtecho | Una Aproximación a su Poesía

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Los verdaderos creadores han buscado siempre vivir todo cuanto les acontece desde la plataforma de su intimidad, desde su reducto de soledad, desde su yo más puro e inalienable para apropiarse de sí mismos y penetrar en su realidad con la mayor hondura posible.

A partir de los Románticos se inicia la tradición en que el poeta, envuelto o expuesto a un ambiente socio-cultural indiferente, comienza a cuestionarse sobre el devenir de su propia vida, su identidad, su ser. Esto toma auge con sus herederos directos, los Simbolistas, en quienes el complejo de separatilidad, como lo llamó Erick Fromm, se acentúa y el escritor ya no se siente parte, sino amenazado por el colectivo; y toma cada vez más conciencia de su soledad en el mundo.

El ocaso de esta tradición la representan los diversos programas de vanguardia de inicios del siglo pasado, y su fractura, su desfase, donde el artista, más que estar hartamente consciente de su soledad, es el sismógrafo de todo lo humano; aceptando su individualidad como destino y como raíz inapelable del destino de la existencia del hombre en el mundo.

Entre ellos se inscribe Álvaro Urtecho (Rivas 1951 –Managua 2007), él es de esos de quienes Rilke dijo: ¨LES FUE DADO SER¨.

Urtecho irrumpe en el panorama de las letras nicaragüenses con su poema “Cantata Estupefacta”,  en el que se advierten todas las  tonalidades de su obra posterior y total. ConLa Cantata Estupefacta, Urtecho se levanta contra todo orden, no sólo institucional, social, y ético, sino también estético, en una época donde predominaba el llamado exteriorismo, poesía coloquial, objetiva, referencial; él se rebela lírico, subjetivo, melancólico, metafísico, existencial…

El poema que da título a su ópera prima es una indagación y divagación en el ser mismo, es el lugar de encuentro y desencuentro; de la afirmación, y la negación; de la búsqueda de sí, del escarbar biográfico por la caverna  de su propia historia, de su pasado – es el periplo de Ulises a la Ítaca de su infancia, el viaje de Eneas al averno en busca de la revelación…, el descenso del propio Dante a través del infierno en pro del siempre buscado Paraíso…-

La cantata inicia con unos de los versos más contundentes de la poesía nicaragüense, o, mejor dicho, una obertura contundente de despojo:

No el sol, enajenado, dejándome
su luz. No la escénica luna, recatada,
para mí. No utopías.
No discurso triunfal.
No patria.
No familia.
No curriculum.

La Cantata estupefactaes la “inquisición inútil del pensamiento sobre los sentidos”, su dosis  traumática de desgarro, arrebato, éxtasis por el “remolino de presencias”, hacia el

¿Qué,
pues, entonces?
¿Qué soy, qué
Somos?

Es el lugar donde escudriña los infiernos dantescos de su identidad solitaria, el espacio de ese regreso a la infancia, adolescencia, juventud, su vida hasta entonces. Pero el poema no es sólo un regreso, ascenso y descenso; es una reflexión ontológica de descubrimiento de sí, es el desdoblamiento hacia su Alter Ego   en un ir y venir interior en el otro, su otro, y sus otros tiempos y lugares del recuerdo latente.

El poema presupone un concierto altisonante de exaltación lírica, de un fuerte retumbar autobiográfico donde es plena y palpable la eterna búsqueda del hombre por la luz en las sombras de su origen y el sol de su afirmación, como ser supremo en el cosmos, en la noche de sus propias angustias existenciales.

Toda la obra de Urtecho estará enraizada en esta preocupación inqui – hiriente de sí, expuestas en esos tres momentos que es La Cantata estupefacta; órfica, el velo tras la piel y ahora y en la hora. Tres momentos que son la pasión y trasfiguración de Urtecho en acto poético. Un poema de exquisita sensualidad y rigor filosófico, como lo describiera Edgar Benavidez Mora, en una síntesis esencial de esta obra:

¨Álvaro Urtecho ha sabido combinar con admirable destreza los temas de categorías universales. Lo mismo entrelaza a un noctámbulo Rilke, que a un azaroso Kafka, a un angustiado Baudelaire, que a un nihilista Schopenhauer, a un Pablo Antonio Cuadra, maestro filosófico del verso nacional, que a un Darío, cosmopolita por excelencia; a un Jean-Paul Sartre en los límites ontológicos, que a la sensualidad estética de Carlos Martínez Rivas¨

Esto, el rigor filosófico meramente dicho,  es un aditivo consustancial que vierte Álvaro Urtecho para dar a su poesía un referente semánticamente más profundo, para hervir su palabra en el caldo de lo metafísico y existencial, para hacer más sustancial sus meditaciones; su meditada sinfonía de indagaciones del ser.

Esto explica sus constantes regresos a sus temas o motivos recurrentes, tales como el inquirir en lo cotidiano, la búsqueda de Alma en su entorno, su recuerdos, lo biográfico – él mismo -, su Alta Edad, la infancia; como también su medular  mujer – madre, y de éstos a la música y la muerte.

Si La Cantata Estupefacta es la puerta abierta a las inquisiciones personales de Urtecho, su segundo libro Esplendor de Caín es, según Uriarte, “la perfección y culminación de la cantata estupefacta, el deslumbramiento e instauración de la muerte como mito fundador, como primer imagen atávica del  mundo”.

Así, pues, Esplendor de Caín es el disentimiento, la reunión del derrumbe y la problemática del mal y del odio humano; el sentirse “ángel apestado de realidad”, “mirando desde dentro, atento, ansioso de ver más”.

En Esplendor de Caín asistimos a una poesía más ácida, obscura, telúrica; con resonancias fúnebres. Aquí la muerte, la tumba, la mujer y la música son ejes que se entrecruzan, revuelven y coexisten iguales y continuos, sucediéndose morbosamente.

En ese sentido, Esplendor de Caín es un grito ante el vacío cotidiano de la realidad absurda e indiferente, un desierto de ánimas gimientes entre la Nada diaria del exterior hacia el interior de las telarañas de Urtecho.

Aquí  la mujer es, como diría él en una entrevista concedida a Arnulfo Agüero, ¨la imagen de la maternidad es una sombra constante en mi poesía, es un tema recurrente, que va, que vuelve siempre. El poema Maternidad, precisamente te habla del vientre de la mujer, como si el hombre y el poeta procedieran de ese vientre, o sea, que  cuando uno conoce a una mujer y se relaciona con ella física y psicológicamente, es como volver al  vientre, es como recordar a la madre”.

En otro plano se sitúa Cuaderno de la provincia, poemario más pleno de silencios, es la vuelta de Ulises a su ciudad natal habitada de voces y nostalgias, es donde “el caminante apresura sus pasos y la tarde se yergue en su fulgor más alto”.

Es la intimidad encarnada, no de manera subterránea,  sino reclamando un espacio en la escritura, con un tono suavizado y elegiaco pasado por el tamiz de la  inquisición existencial del poeta. Es un cuaderno de nostalgias, visiones y fotografías de su pueblo que no pasan inadvertidas por su  mirada  reflexiva de la realidad, con su cuota de gozo y de llanto, por sobre todo el tema de la infancia posicionándose en él.

La infancia,como bien señaló Erick Aguirre, es como el instrumento de identificación de sus propias raíces, como forma utópica de reconstruir el ideal de plenitud”.

Así, Cuaderno de la provincia es una elegía y celebración de lo perdido en los charcos del recuerdo, las voces de los seres que no lo dejaron de habitar, que no lo dejaron de acosar, que no los pudo enturbiar el vulgar olvido; es en sí el encuentro y desencuentro con lo pasado, que vuelve sobre sí mismo

Cuando era huésped de mi vida
la inocencia… Y veía
crecer la yerba lenta
de aquella vieja iglesia;
oscurecer sus muros,
Prologarse la delicia del musgo
por el atrio,
bosquejando las grietas
el provenir
y las exclamaciones resonando
por las calles vecinas…

                                 (Alta Edad)

Ahí lo cotidiano recobra un valor insospechado, revive de entre la nada de lo aparente, y renace en el ojo que ve en ello el alma extraviada de lo que fue  y significó y significa tras el paso inapelable del tiempo. El tiempo que no perdona nada ni a nadie, triste, dolorosamente triste, interminable: ¡Pero hoy más!

Pero la herida,  las interrogaciones, la indagación no terminan allí, no cesa; sino que se trasporta a otro umbral,  a otro espacio y a otro tema inquisitivo, a otro hábitat del pensamiento pidiendo ser expuesto, ser palabra, canción, poesía.

En una balada de aniversario(título del poema con que abre Auras del Milenio), se resume la visión pesimista del fin del cosmos y el ser humano ante el advenimiento del nuevo milenio:

                Conciencia, convicción absoluta hay
De que el mundo se acaba,
De que se acabó, digamos, ayer…

Auras del Milenio, su cuarto poemario, fue reunido con todos  los anteriores en una sola antología poética: Tumba y Residencia, título lapidario para toda su obra.

El tiempo que ha sido uno de sus constantes temas, aparece aquí como sentencia, como medida única del paso finito del hombre por el mundo; el tiempo, último dios o designio inmarcesible de Dios para fijarle un límite, una finitud y finalidad  a la existencia. El borde último de la vida misma y todo el misterio escatológico de su fin.

Auras del Milenioes la visión apocalíptica del término de todo lo que vive, el silencio ante la expectativa del fin marcado por los profetas, es el punto vertiginoso del mundo enajenado y su ruido.

En este poemario se palpa el olor de los alimentos que nutrieron las preguntas  intempestivas del rivense. Si bien el tiempo se apropia con más arraigo, aparecen siempre los que ha venido labrando en toda su obra; y a demás, aparecen  los de la labor de la creación  y, más propiamente dicho, sus influencias.

Ante esta certidumbre e incertidumbre, al poeta Urtecho se afirma en sí mismo como un creador, como un deudor de quienes lo formaron, de quienes salió a la luz de la palabra. Los homenajes a Jorge Luis Borges, Carlos Martínez Rivas, a sus amigos  pintores  y colegas del oficio; tornarán hacia sí para hacerlos su Espejo:

Sosiégate: ya llegará el momento en que la palabra
tan largamente esperada irrumpa de repente con esplendor
rojizo de sus letras…

…El hombre que no puede más, que abandonar el espacio de la
página en blanco, el círculo que refleja la imagen que refleja otra
imagen que refleja…

Álvaro Urtecho no se deja de pensar a sí mismo, de meditar hacia dentro y hacia lo que fue… de revolverse obsesivamente en sus meditaciones, dejando que el germen de su ser devenga en acto poético o poetización desde sí hacia el hervidero de lo concreto y  material: el poema.

Esto se patentizará más concretamente en Tierra sin Tiempo, la cima y maduración de su identidad poética, de su palabra íntimamente meditativa, plena de encuentros con lo inusitado y reencuentros con las obscuridades  del pasado siempre presente.

Aquí la faz del poeta se yergue hacia otra vereda sin tiempo que lo límite, sin finitud que lo contraríe, aquí se detiene y detiene todo a su óptica para pasar  la realidad por el tamiz de la resignación, ya no es pregunta sino respuestas acompasadas por lo ya advertido

Medito, contemplo, observo inquiero,
Repito que el hoy que pasa todavía no ha llegado,
Y que sólo miro el mundo y sus atuendos
A través de la fisura – los bordes del deseo
Y sus cenizas- como mendigo que pide
Realidad.

                                                                                                (Arena Inscrita)

Tierra sin Tiemponos refiere a la culminación total de los temas recurrentes que han alimentado sus reflexiones, es el ahondar en la caverna de hombre mismo, en los resquicios de la memoria como única fuente vivificadora de su canto e inmersiones en la criatura humana.

Aquí no hay tránsito, sino un espacio intemporal desde donde asistir y evocar el día, la tarde, el concierto interior de sensaciones que lo eleven al éxtasis. Desde allí la mujer, la carne, el musgo crece como el deseo de perennizarse

Como una luz extrañamente inmóvil
El monte oscuro de la carne llama.

(Gloria María)

Pero ese rictus es más que sopor sexual, es el descubrimiento y fundamentación de la fe, de la esperanza pura que se deja escuchar desde el recóndito depósito de los recuerdos, desde la corona de espinas que supone todo adentrarse en la reflexión, ahí se encontró y reencontró  al hijo del hombre en sí

¿Eres el hombre
Que habitamos, el hombre que
Asesinan e incineran todos los días?
(Corona de Espinas)

Esa transfiguración e inmersión en el dolor del hijo del hombre, en ese lugar penante, penitente donde se detuvo a pensar, meditar, adentrarse para descubrirse  hijo del hijo del hombre, y escucharlo, palpar sus heridas abiertas y sentir su sufrimiento ante un mundo pérfido, sin alma; es lo que le da a este poemario un tema casi inédito en su poesía, y que sólo había entredicho pero que aquí se manifiesta hondamente.

Tierra sin tiempoes, pues, la exaltación cúspide, la tonalidad más alta y resonante de todo su inquirir sobre la condición humana, de su dialogo con él mismo y la palabra, de su meditación hecha poema para legar una poesía que transpira existencia, tragedia ante la búsqueda inapelable de plenitud y se estrellar en la nada.

El tiempo, el tiempo de nuestras melodías
Y días felices y amargos, huye de la tierra.
Se evapora, se va, se esfuma en cualquier
Intersticio. ¿Cómo detenerlo, cómo
Fundirlo a la tierra para ser más o menos
Inmortales como chispas o fragmentos
De astros?

(Tierra sin Tiempo)

Urtecho es uno de los más inmersos en el espacio infinito de lo humano, de los más inquisitivos y heridos que se haya preocupado por su condición existencial y su paso por el mundo; de los que elevó la manifestación poética a estadios más amplios de implicación y resonancia; de los que vio el cosmos y se rebeló con su canto estupefacto e  hizo de la palabra su propia tumba y residencia.