I. Ágape

Fragmento de un proyecto narrativo. El erotismo y la transgresión son temas presentes en mi libro La Vigilia Perpetua, entre las líneas de algunos poemas el gesto brutal del suplicio, la herida abierta como risa, el ojo excéntrico. Sea esto un homenaje solapado a los otros, quienes de por sí dictaron estas palabras.

Para Ezequiel D`León Masis, erotómano, pornógrafo y barroco.

Tu cuerpo, a la sombra de una lámpara que deja caer su luminiscencia sobre el rosado púrpura de tu sexo, semeja una ostia suspendida de una lengua aferrándose al piélago patético del corpo redemtoris que se balancea en sístoles y diástoles acompasadas. Una corriente de sal se escurre sobre los surcos de tu ombligo. Alzas el cuello y vislumbras en esa remota visibilidad las embestidas de ese broca que corroe tus entrañas, breves aristas de venas atisbas, henchidas, impulsadas hacia esa hendidura hirsuta coronada por una aureola roja de fuego, que engulle, engulle, engulle, impaciente, la cúpula inflamada de mi faro en vela.

Ella nos observa.

Sé que desde su nicho de trémulas bujías, núbiles falanges semejan falos, se introducen por una gruta resistente a esos embistes continuos y nerviosos. Lame las comisuras de sus labios, mastica con sus uñas tímidos pezones hasta sangrarlos, mezcla sangre y humedad de sexo en sus dedos, luego los introduce en su boca, una y otra vez, otra vez hasta que manos, boca y sexo convulsionan con violentos espasmos.

Entras,

te desvistes, desde mi lecho de animal totémico puedo ver tu piel, la curvatura de tu culo erecto, las tetas erguidas y filosas, el montículo de vellos bajo el punto ciego de tu ombligo. Sé que bajo ese fragmento de luz seguramente está tu cara, pero hoy, en este instante, no me importa. Tus ojos de perra bachillera inquieta, en este teatro de placer, solo sirven para extirparlos, para extraerlos de sus orbitas y luego introducir mi lengua en los orificios huérfanos, masturbarme y dejar caer mi blanda ceniza sobre ese rostro turbado, en éxtasis, ajeno a la sensación metálica que acaricia tu espalda y va trazando un texto de hendiduras en la geometría de tu carne.

Él contemplará la escena desde un rincón del cuarto en penumbras. Silencioso, pendiente de las variaciones de color que una exangüe bujía produce sobre esa amalgama de plomo rojo sobre la cama. No son cuerpos, son fragmentos de una escritura inconclusa que él perpetuará al infinito a través de la pintura. Ella de boca tumbada sobre la cama, tú penetrando la espiral viscosa de su ano lacerado, el hedor a sangre humana me sonríe, se dice, te dices. La fetidez de la mierda con el sabor ferroso de la sangre es lo único que importa. A la mierda con el arte, la escritura y el lenguaje. Esta es mi mano, que baja hasta la base de mi faro en vela, émbolo brillante, testigo fugaz y disfrazado que te escruta la abertura dilatada por el radio y el volumen de esta verga enarcada, penetrando, saliendo, entrando, embadurnada de esa rojambarina sustancia chorreante por las comisuras de la sonrisa infecta. Esta es mi mano, los dedos de mis manos que escudriñan cada orificio cercano: tu culo, mi culo, tu boca, mi boca, la herida de tu vientre con tus intestinos esparcidos sobre la cama, las cuencas de tus ojos ausentes.

Yo te observo,

encaramado sobre la grupa de mi madre, veo como tu extenso péndulo tenso arremete contra esa ranura porosa, esa gangrena hedionda a orines y excremento, ella su exhausta boca entreabierta muerde las sábanas, a veces un dedo te perfora y la sangre escurre, desde mi madriguera puedo escuchar el murmullo de tu voz que en sus oídos depositas: ella nos observa. Como siempre, a mí me hablas, te obedezco, sé que lo deseas, me lo ordenas, pides que me masturbe; entonces, introduzco mis dedos en mi vulva y soy una cueva sin mácula esperando tu mandrágora, tu serpeante torso sin rostro socavándome, acaricio mis nacientes pezones, erectos, rojos, calientes, veo el agudo placer en tus pupilas dilatadas, eyaculas con furia dentro de sus cavidades rectales, puedo sentir los temblores sobre mi ano, tiemblo, jadeo, sollozo, soy mi madre y tú mi falange falo escorpión depositando tu veneno traslúcido, ven, aquí te espero.

 

II escatolúmpeco rito o escatolicofálico

Ocre, opaco sonido irrumpe en el espacio nauseabundo en el que tu cuerpo contorsiona como baño salitre en exánime babosa. Ostra oculta en el ombligo del origen, zozobra en el péndulo henchido y zumba entre tus muslos; ella melena suelta chorreada en sus hombros, sin nombre su oseatura pálida, su frente alzada y entornados ojos, mártir del coito en éxtasis, ascenso tántrico. Con pupilas blancas ella sacude la cabeza, te observa , trata de reconocer en tu rostro el gesto delator, que diga soy yo: de hirsutas cejas unidas, quien galopa en el jardín de tu hendidura que se bifurca. Entonces decís las palabras, apenas masculladas en su oreja, gesto de asco ves de su boca nacer, pero sabés siempre es lo mismo. En el cuarto en que segundos antes ocre, opaco sonido irrumpió, cuatro paredes manchadas y nauseas ascendiendo ingrávidas a las fosas nasales: dos metros cuadrados por dos de alto: el retrete, tu cuerpo abierto y listo al rito, ella goza también, tu cuerpo al borde de la risa, tu cuerpo abierto, su cuerpo abierto y la risa de un ojo abriéndose, abriéndose, y las primeras gotas, ámbar oscuro sobre tu rostro y las risas… y los cuerpos…

Víctor Ruiz
About Víctor Ruiz
Víctor Ruiz (Managua, Nicaragua, 1982). Su poesía ha sido incluida en las antologías Cruce de poesía, Salvador-Nicaragua (2006), Novísimos, poetas nicaragüenses del tercer milenio (2006) y Poetas, pequeños Dioses (Leteo ediciones, 2006). Con La vigilia perpetua obtuvo en el 2005 el Primer Lugar en el Concurso Nacional Interuniversitario de Poesía "Carlos Martínez Rivas" en UNAN-Managua. Ha publicado la Vigilia perpetua (leteo ediciones 2008). Actualmente es Profesor de literatura española e hispanoamericana en la UNAN-Managua.