Felicidad

Sucede que me canso de ser hombre.

…/…/

El olor de las peluquerías me hace llorar a gritos.
Sólo quiero un descanso de piedras o de lana,
sólo quiero no ver establecimientos ni jardines,
ni mercaderías, ni anteojos, ni ascensores./

Sucede que me canso de mis pies y mis uñas
y mi pelo y mi sombra.
Sucede que me canso de ser hombre.

(Pablo Neruda, “Walking Around“)

 

 

A. La ENFERMEDAD de RAZÓN

Sin embargo sería delicioso
asustar a un notario con un lirio cortado
o dar muerte a una monja con un golpe de oreja.
Sería bello
ir por las calles con un cuchillo verde
y dando gritos hasta morir de frío/

No quiero seguir siendo raíz en las tinieblas,
vacilante, extendido, tiritando de sueño,
hacia abajo, en las tapias mojadas de la tierra,
absorbiendo y pensando, comiendo cada día.

(El mismo)

 

Al parecer, la sociedad tiene como presupuesto que la felicidad es una obligación individual, aún cuando se nos la niega rotundamente. Es como el sádico del chiste que al masoquista rogando por ser castigado sólo le contesta un azotador: “¡No!” Haciendo suficiente el rechazo como punto culminante de la relación. No sólo entonces el “No” viene a ser, como lo plantea la teoría psycológica, una forma de goce (del dominador), sino también una forma de encadenamiento social (del dominado), evidentemente lo segundo provocando lo primero. Y, en esta forma, solidificando, por sedimentación, la relación entre el vencido y el vencedor.

La psicología pone de relieve esta dialéctica incorrecta e insufrible.

No era tan equivocado Artaud cuando pregonaba a Van Gogh como El suicidado por la sociedad. No es tanto, o sólo, como proponía Artaud en su texto, bastante, e implícitamente autobiográfico también, que los psicólogos sean erotómanos, es que, además, son prejuiciados, son las herramientas equivocadas de una estructura social que los forma, y por ende los pervierte, sin que tengan la capacidad de darse cuenta, según una forma muy similar a la que Balzac describía para “El Notario” (1840):

Le notaire offre l’étrange phénomène des trois incarnations de l’insecte; mais au rebours: il a commencé par être brillant papillon, il finit par être une larve enveloppée de son suaire et qui, par malheur, a de la mémoire. Cette horrible transformation d’un clerc joyeux, gabeur, rusé, fin, spirituel, goguenard, en notaire, la Société l’accomplit lentement; mais, bon gré, mal gré, elle fait le notaire ce qu’il est. Oui, le type effacé de leur physionomie est celui de la masse: les notaires ne représentent-ils pas votre terme moyen, honorables médiocrités que 1850 a intronisées? Ce qu’ils entendent, ce qu’ils voient, ce qu’ils sont forcés de penser, d’accepter, outre leurs honoraires; les comédies, les tragédies qui se jouent pour eux seuls devraient les rendre spirituels, moqueurs, défiants; mais à eux seuls il est interdit de rire, de se moquer, et d’être spirituels: l’esprit chez un notaire effaroucherait le client. Muet quand il parle, effrayant quand il ne dit rien, le notaire est contraint d’enfermer ses pensées et son esprit, comme on cache une maladie secrète. Un notaire ostensiblement fin, perspicace, capricieux, un notaire qui ne serait pas rangé comme une vieille fille, épilogueur comme un vieux sous-chef, perdrait sa clientèle. Le client domine sa vie. Le notaire est constamment couvert d’un masque, il le quitte à peine au sein de ses joies domestiques; il est toujours obligé de jouer un rôle, d’être grave avec ses clients, grave avec ses clercs, et il a bien des raisons d’être grave avec sa femme! il doit ignorer ce qu’il a bien compris et comprendre ce qu’on ne veut pas lui trop expliquer. Il accouche les cœurs!” (“El notario ofrece el extraño fenómeno de las tres incarnaciones del insecto; pero al revés: empezó por la brillante mariposa, termina siendo una oruga aropada en su sudario y que, por desgracia, tiene memoria. Esta hororosa transformación de un leguleyo alegre, bromista, astuto, fino, espiritual, guasón, en notario, la Sociedad la cumplió lentamente; pero, mal que bien, hizo del notario lo que es. Así es, el tipo apagado de su fisionomía es el de la masa: ¿no representan los notarios el término medio de ustedes todos, honradas mediocridades que 1850 intronizó? Lo que entienden, lo que ven, es lo que están obligado en pensar, aceptar, además de sus honorarios; las comedias, las tragedias que se representan exclusivamente para ellos deberían volverles espirituales, burlones, desafiantes; pero solo a ellos le es prohibido reír, burlarse, y ser espirituales: el espíritu en un notario asustaría al cliente. Mudo cuando habla, espantoso cuando no dice nada, el notario es obligado de encerrar sus pensamientos y su espíritu, como se esconde una enfermedad secreta. Un notario ostentosamente fino, perspicaz, caprichoso, un notario que no fuera serio como una solterona, epiloguista como un viejo capataz, perdería su clientela. El cliente domina su vida. El notario es constantemente cubierto con una máscara, apenas se la quita en el seno de las alegrías doméstica; siempre está obligado en jugar un papel, ser grave con sus clientes, grave con sus pasantes, ¡y tiene tantas razones por ser grave con su esposa! Debe ignorar lo que entendió muy bien y entender lo que no se le quiere muy bien explicar. ¡Es un partero de corazones!“, la traducción es nuestra)

De hecho, ¿qué propone la medicina contra la angustia que ella misma describe y a la que da nombre: El malestar en la sociedad? ¡El medicamento! La cura parece lógica, salvo que es, parafraseando al dicho popular, matar al mensajero.

¿Cúal es, exactamente, la premisa de la ciencia psicológica, entonces? Si se está enfermo, porque no se siente bien en la sociedad, se debe medicar. Lo que, si somos lógicos con el proceso mismo, que considerar que la sociedad no tiene nada de alegre o chistoso es una enfermedad. Dicho de otra forma, llegamos ante la sociedad, podrida, enferma de vicios, de miseria, de guerra, de insatisfacción generalizada, y, si esto no nos llena de una indecible felicidad, es que debemos medicarnos.

Reproduzcamos el razonamiento de nuestros médicos: aceptan la premisa, la sociedad está enferma, la vida es irremediablemente desgraciada, pero, como no se le puede hacer nada, y, cuidado de querer intentarlo, es muestra de una gran enfermedad que el querer, aunque mínimamente remediarlo. O, por lo menos, no declararse impotente, o, si se siente impotente, por lo menos sentirse asqueado. Es como pedir a una persona ante un vómito, o oliendo los olores a excrementos vacunos, no sentir mareo. Y si siente mareo, en vez de promover la limpieza pública, pretender resolver, y peor la estrategia, más perversa aún, a grande escala, la implementación del porte obligatorio de prensador de nariz, y de medicamentos contra el mareo para todos. Y si algunos persisten todavía en decir que la situación es anormal, o en quejarse, queda siempre la solución de encerrarles bajo doble llave en algún manicomio, con más medicamentos, hasta embrutecerles por completo.

Así la lógica social es sencilla, y se produce en forma perfectamente silogística:

Premisa 1: Ya que usted debe reconocer que no hay remedio a la podredumbre social que nos rodea;

Premisa 2: Si usted siente disgusto por la sociedad a como está, es que usted está enfermo.

Conclusión: La misma apetencia a la felicidad, que se busca mediante el medicamento, está denegada por el uso de éste.

Nos explicamos enseguida: al propiciar la idea de que uno tiene que plantear valientemente ante la sociedad, y mirarla con “ojos de tigre” (“Lo que no le mata a uno lo hace más fuerte“, “Hay que pelearse como un hombre“; “No importa cuanta veces se cae, lo que importa es cuantas veces uno es capaz de volver a levantarse“; y el infaltable: “Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios“), y asumir, desde un principio que, como somos impotentes ante la complejidad del mundo (que no está ni puede, ni debe estar entre nuestras manos), debemos tener la suprema sabiduría de hacernos una razón, cuando esta razón no nos la logramos hacer y, por esto, según los psicólogos, necesitamos fármacos, es que, precisamente, se nos niega el derecho que, paradójicamente al mismo tiempo se nos quiere imponer, de buscar la felicidad. Ya que, como acabamos de plantearlo, se presupone que el fármaco debe ser el sustituto y la cura a esta alocada búsqueda de felicidad, de la que, sin embargo, se nos pregona tanto, hasta el cansancio, en toda parte, pensamos en la película de Will Smith, por ejemplo, que es nuestro derecho y nuestra única meta existencial.

Pero merece aquí hacer una aclaración: cuando se nos propone buscar la felicidad, no se trata de una felicidad a mediano plazo, sino de una felicidad inmediata (emborracharse y tener sexo: Jersey Shore) o a largo plazo (alcanzar, por algún tipo de auto-meditación, la paciencia suficiente hasta el Reino de los Cielos). El mediano plazo, de alcance humano, no se contempla ahí.

Es así la psicología la única ciencia que se propone curar la enfermedad adormeciendo los anticuerpos. Pero la razón es exactamente la misma que la que hace que serios científicos nos aseguran que el cigarillo es bueno para la salud, que el calentamiento global no existe, o que hay que culpar a los pedos de vacas, que los alimentos transgénicos permiten nutrir el mundo, que la Pepsi y la Coca tiene programas de ayuda social a poblaciones carenciendo de agua,…

 

B. La OBLIGACIÓN de FELICIDAD

 

Il se peut que je vous déplaise
En peignant la réalité
Mais si j’en prends trop à mon aise
Je n’ai pas à m’en excuser
Le monde ouvert à ma fenêtre
Que je referme ou non l’auvent
S’il continue de m’apparaître
Comment puis-je faire autrement

(Jean Ferrat, “Je ne chante pas pour passer le temps“)

            Volviendo a la demostración por el absurdo, si pusieramos a alguien ante una escena de tortura y esta persona se regocijará, o simplemente no tuviera ningún tipo de reacción, rechazo, odio, repulsión, y lo mirará, a lo mejor, como si fuera algo de lo más normal, la misma sociedad lo consideraría o bien como un idiota o bien como un sociópata.

Ahora, olvidemos que esta sociedad a la que nos referimos, que es la humana, ha, desde los tiempos más antiguos, propiciado todos tipos de espectáculos, desde el Circo de la Roma decadente hasta las tauromaquias españolas, francesas sureñas y latinoamericanas contemporáneas, en dónde se ofrece al público su dósis de violencia gratuita y de sangre inocente. Sería adentrarnos a un problema que tratamos en otro trabajo (Sexo y Violencia, 2010).

Quedémonos con la figura perfecta de nuestro idiota. Es un hecho indudable que, mientras la sociedad se regocija en escenas de crímenes y violencia (en la realidad y en programas, noticias amarillas o reality shows, bajo falso pretexto de moralización de actitudes antisociales es realmente el más bajo voyeurismo de los espectadores al que se quiere complacer), a nuestra idiota la misma sociedad enferma lo considerará a su vez como desvariado, es decir, inadaptado, en un sentido u otro, en todo caso privado de las herramientas básicas necesarias para su buena integración en la sociedad. Preguntémonos ahora ¿cúales son estas herramientas de las que, según la psicología, aunque por razones distintas, carecen, idénticamente, el autista y el sociópata?

Según la psicología forense, el Trastorno de Personalidad Antisocial (TAP) tiene como síntomas y/o causantes: un alto nivel de hedonismo, egocentrismo y megalomanía, asociado con la ausencia de empatía y remordimiento. Dicho de otra forma, el psicópata se define por su incapacidad en relacionarse con el otro en sentido emocional y compadecerse del dolor ajeno. Ahora bien, el autista (ya que el idiota o el que sufre de otro síndrome como el de Down tiene funciones alteradas por cuestiones ante todo genéticas y fisiológicas, en particular de malformaciones del tejido, por ejemplo relacionada con la mixedema) se caracteriza por su bajo nivel de relación y comunicación con los demás, y, lo que conlleva el interés compulsivo y restringido por partes específicas de objetos, una fuerte introversión, síntoma que comparte, al igual que la propensión a las alergías, con los sobredotados.

Saltemos un paso más adelante y supongamos que, mientras a nuestro idiota se le culpará por no compadecerse ante los hechos inmediatos y a la vista, al depresivo se le diagnosticará por su propensión a preocuparse de forma general por hecho desconectados de su realidad propia, y sobre los que no tiene poder de acción alguno.

Dicho de otra forma, es tan ilógico o irresponsable no tener reacción ante un asesinato cometido ante nuestros ojos (aparte de la natural propensión a la autoconservación, que a veces nos lleva a no intervenir), que preocuparse hasta dejarse enfermar o morir por males ajenos como el hambre en el mundo o una guerra que puede estar ocurriendo a miles de kilómetros pero dónde ningún familiares está involucrado.

Así se justifica la posición psicológica, y esto parece tener bastante sentido. Salvo si lo re-planteamos esta vez de la forma siguiente: mientras a nuestro idiota se le culpa por no tener compasión, a nuestro depresivo se le culpa por tener demasiado. Pero aceptaríamos esta postura si fuera permanente. Ahí donde cambia la posición es cuando vemos que cada estrella de cine o cantante famoso parece debe estar relacionado con alguna asociación, fundación u ONG, preferiblemente de apoyo a niños enfermos o de desgracias a pueblos indígenas de lejanas regiones del Tercer Mundo para justificar ante el público el haber ganado una fortuna sólo actuando o frente al micrófono. Por otra parte, las grandes figuras que, desde la niñez, nuestra sociedad nos pone de ejemplos son, precisamente, las que dedicaron su vida al servicio de los demás, hasta morir a veces en el intento, tant en el ámbito religioso como laíco: de Cristo a Zubrirí y Ellacuría, pasando por San Francisco de Asís y Madre Teresa de Calcuta, de Gandhi al Che.

Pero la concreción ideológica es clara:

  1. Es correcto tener buenos sentimientos, pero es obligatorio reducirlos al ámbito de un discurso social admitido, sin sobrepasarse.
  2. Es válido compadecer a los demás, o sufrir en carne propia algún tipo de injusticia (de la cual se es directamente víctima), pero sin dejarse llevar por la corriente de una victimización molesta tanto para los demás como para la sociedad.
  3. Es aceptable sentirse frustrado si la sociedad no cumple con sus deberes ante las personas, pero es insensato crear alboroto por ello.

Pongamos ejemplos concretos: la Declaración Universal de los Derechos Humanos, firmada por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948, proclama en sus artículos: “13.1. Toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un Estado.“; “17.1. Toda persona tiene derecho a la propiedad, individual y colectivamente.“; “22. Toda persona, como miembro de la sociedad, tiene derecho a la seguridad social“; “23.1. Toda persona tiene derecho al trabajo, a la libre elección de su trabajo, a condiciones equitativas y satisfactorias de trabajo y a la protección contra el desempleo.“; “25. 1. Toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar, y en especial la alimentación, el vestido, la vivienda, la asistencia médica y los servicios sociales necesarios; tiene asimismo derecho a los seguros en caso de desempleo, enfermedad, invalidez, viudez, vejez u otros casos de pérdida de sus medios de subsistencia por circunstancias independientes de su voluntad.“; “26.1. Toda persona tiene derecho a la educación.

Es innecesario, y hasta sería necio intentar retomar uno por uno los puntos de incumplimiento total, a nivel internacional, por el conjunto de todos los Estados del mundo, de estos bellos artículos. Pero, sí, vale la pena, sin embargo, en este sentido, resaltar el artículo siguiente:

28. Toda persona tiene derecho a que se establezca un orden social e internacional en el que los derechos y libertades proclamados en esta Declaración se hagan plenamente efectivos.

Si no diera tanta pena, daría risa.

Ahora bien, volviendo a nuestro tema: si una persona se siente injustamente tratada, porque, obviamente, en su Estado, está desempleada, lo que provoca que pierde su casa o la posibilidad de alquilar, y tampoco tiene seguro, ya que numerosos, y cada vez más numerosos, son los países donde si no se trabaja no se tiene seguro social (a pesar de nuestra Declaración), y si, como en Francia ocurrió varias veces en los últimos años, se presenta alguien, ya cansado de ser maltratado por los organismos que se supone deben ayudarle a encontrar empleo (lo dice también la misma Declaración, conste), y se aparece en la alcaldía de su “lugar de residencia” (que, a veces, puede ser su propio carro, o algún parqueo de supermercado, o un parque público) con fúsil en mano, listo para suicidarse y suicidar a unos cuantos más consigo, la sociedad se pregunta sobre la salud mental del sujeto, y los noticieros revelan en primera plana que tenía antecedentes psicológicos (lo que no es de extrañar, dada su situación de miseria extrema), volviendo, o así intentándolo por lo menos, dentro de un marco general normal, o, si se prefiere, generalizamente normalizado, un acto chocante, no tanto por lo que ocurrió, aún cuando el carácter imprevisible participa de la angustia creada por el suceso (pero no es más previsible el accidente automovilístico o el asesinato callejero que, con complacencia, el mismo público ve representado a full color cada día en los mismos noticieros), sino porque, de repente, hace que la sociedad debería, lo que, obviamente, no quiere, volverse sobre sí misma y analizarse.

Ya la sociedad, y sus agentes psicológicos, decidieron dos teoremas absolutos:

  1. La inevitabilidad de la desgracia.
  2. El carácter psicológico (es decir, interno, entiéndase no provocado por causas externas, sino por sustratos meramente propios del individuo) de todo malestar.

Los cuales tienen dos consecuencias:

  1. Es enfermo oponerse a la situación de desgracia, que debe ser asumida con cierta compostura. Más cuando es una desgracia generalizada. A este propósito, es curioso cómo en los veinte últimos años cambió radicalmente el discurso oficial, difundido por los media, cuando ayer se pregonaba que íbamos a salir de la miseria (por lo menos en Europa) gracias a la implementación del nivel de licenciatura y más para la gran mayoría, haciendo hincapié hoy en el hecho de que todo diplomado es, obligatoriamente, un sobrediplomado, nuevo término acuñado hace apenas diez años (diez después de la primera solución de la licenciatura para todos), por lo cual es natural que: a. acepte que hizo estudios para formarse (a.1. responsabilidad propia ante la sociedad, sin que se sepa muy bien por qué; a.2. elección propia a la vez, es decir, sin responsabilidad alguna de la sociedad hacia el diplomado; a.3. paso sin embargo necesario para alcanzar los estándares mínimos pedidos por la sociedad para emplear al diplomado, aunque, paradójicamente, como es sobrediplomado, no puede ser empleado; a.4. se equivoco a elegir su carrera, cualquiera que sea, por lo que debe formarse en otra cosa, para asegurarse más oportunidad de hallar un empleo, aún cuando se sabe que hay sobrediplomados en todos los campos laborales, y que el tiempo que va a perder en volverse a formar, además de hacerle una carga más tiempo para la sociedad, hará que saldrá más viejo, por ende menos útil según los propios estándares sociales, y menos empleable); b. esto no le de ningún derecho a obtener empleo, y menos aún en pensar obtener un empleo correspondiendo a su nivel de formación, o en el campo que estudió. La moraleja de esto es que el nivel de ahinco con el que se sobrelleva cada quien a la miseria y a la injusticia social ante todos y ante sí mismo revela (como si de esto se tratará) el grado de buen ciudadano que se es.
  2. La afirmación (ya como solución) que no hay solución a los problemas sociales, y que toda postura crítica ante la injusticia social es, en el mejor de los casos, inadecuada por irrealista (ya que sufrimos por razones macroestructurales que no están en nuestras manos, como la sociedad cristiana del Renacimiento sufría de la Peste por la venganza divina contra sus pecados), y, en el peor, revela cierto nivel de inadecuación social, por ende de enfermedad, por suerte curable mediante tratamiento farmacéutico.

Claro, como la memoria colectiva es de poca duración (por lo menos a nivel consciente), es olvidar que, siempre, hubo dos posturas posibles ante la desgracia del mundo, nos lo dijeron los filósofos griegos, y nos lo pintaron (retratando a los dos filósofos griegos de opiniones opuestas) los artistas barrocos: la de Demócrito (“el filósofo que se ríe“), que decía que el mundo era tan ridículo que la única opción era reírse de él, la de Heráclito (“el filósofo que llora“), que, al contrario, pensaba que, por ser tan trágico, la única alternativa era llorar sobre él.

 

C. Las HERRAMIENTAS contra la INFELICIDAD

 

Alguien debía a Van Gogh cierta suma de dinero, y a propósito de esto la historia nos dice que Van Gogh se hacía mala sangre desde varios días atrás. Las naturaleza superiores son proclives -siempre situadas un tramo por encima de lo real-, a explicarlo todo por el influjo de una conciencia maléfica, a creer que nada es debido al azar, y que todo lo que sucede de malo se debe a una voluntad maléfica, consciente, inteligente y concertada. Cosa que los psiquiatras no creen jamás. Cosa que los genios creen siempre. Cuando estoy enfermo, es porque estoy embrujado, y no puedo considerarme enfermo si no admito, por otra parte, que alguien tiene interés en arrebatarme la salud y obtener provecho de mi salud. También Van Gogh creía estar embrujado y lo decía. En lo que a mí respecta creo firmemente que lo estuvo, y un día diré dónde y cómo sucedió. El doctor Gachet fue el grotesco cancerbero, el sanioso y purulento cancerbero, de chaqueta azul y tela almidonada, puesto ante el mísero Van Gogh para arrebatarle sus sanas ideas. Pues si tal manera de ver, que es sana, se difundiera universalmente, la sociedad ya no podría vivir, pero yo sé cuáles héroes de la tierra encontrarían su libertad. Van Gogh no supo sacudirse a tiempo esa especie de vampirismo de la familia, interesada en que el genio de Van Gogh pintor se limitara a pintar, sin reclamar, al mismo tiempo, la revolución indispensable para el desarrollo corporal y físico de su personalidad de iluminado. Y entre el doctor Gachet y Théo, el hermano de Van Gogh, hubo muchos de esos hediondos conciliábulos entre familiares y médicos jefes de los asilos de alienados, concernientes al enfermo que tienen entre manos. “Vigílelo para que ya no tenga esa clase de ideas”. “Te das cuenta, el doctor lo ha dicho, tienes que desprenderte de esa clase de ideas”. “Te hace daño pensar siempre en ellas; te quedarás internado para toda la vida”. “Pero no, señor Van Gogh, vamos, convénzase usted, todo es pura casualidad; y además no está bien querer examinar así los secretos de la providencia. Yo conozco al señor Fulano de Tal, es una excelente persona; su espíritu de persecución lo lleva a usted a creer que él practica la magia en secreto”. “Le han prometido pagarle esa suma y se la pagarán. No puede usted continuar obstinado de tal modo en atribuir ese retardo a mala voluntad”. Todas ésas son suaves pláticas de psiquiatra bonachón, que parecen inofensivas, pero que dejan en el corazón algo así como la huella de una lengüita negra, la lengüita negra anodina de una salamandra venenosa. Y algunas veces no se necesita nada más para inducir a un genio a suicidarse.

(Antonin Artaud, Van Gogh El Suicidado por la Sociedad)

 

Las técnicas de la sociedad para implementar sus ideas son, evidentemente, poderosas y múltiples. Son las más fuertes, ya que provienen del número, pero también del poder, que, no siempre teniendo en su apoyo el número, se alza siempre sobre el dinero y la fuerza violenta contra la razón y el sentido común.

Si se dice: está mal la dictadura, la dictadura manda a sus tropas paramilitares. Si el hombre honesto pregona: no se debe matar, el dictador o el asesino, quienes a veces se reúnen en conciliábulos para planear cómo impedir al hombre honesto salir a la calle para reclamar su derecho a vivir en territorio libre del analfabetismo de las dictaduras, salen contra él con puñales y morteros. Si el pobre dice: quiero más pan, o quiero menos trabajo, o quiero un salario más justo, o quiero seguro para mí y mi familia, no hay necesidad que salga el patrón de su club de hombres, puede tranquilamente terminar de fumar su puro mientras el jefe de la policía manda a sus hombres a poner orden en las calles. Si el manifestante dice: me voy a sentar ante Wall Street y obligar al gobierno a dejar de inyectar millones a los bancos ladrones, el Senado de los Estados Unidos decide, de común acuerdo con el Alcalde de New York, que no se puede parar el tráfico en esta estrecha calle del bajo Manhattan. Pero si el dictador necesita miles de empleados públicos en las plazas públicas para celebrar su reelección por falta de contrincante, o por fraude, o por falta de elección, no habrá quien lo detenga, y la pobre gente, que sólo pide volver a casa después del día laborado, tendrá que aguantar más embotellamiento porque sí. El Dictador es Todopoderoso.

Ahora bien, las manifestaciones de fuerza siempre sirven al más numeroso o al más fuerte: el cliente del bus no vencerá contra la unión de buseros que son pandilleros listos para asaltarlo en cualquier momento del trayecto. El albañil que se roba material no repara que el propietario ahorró peso por peso cada centavo del material y la mano de obra que se va triplicando, y si no se le paga por su mal trabajo sacará el machete.

Así básicamente actúa, también, la sociedad con sus creadores de problemas o “problemáticos“.

Ya lo acabamos de decir, hay muy poco espacios para criticar la sociedad. Ella es, en su conjunto como en sus parte, un ente gelatinoso e impermeable, sobre el que rebota cualquier comentario. No hace mella en ella. Ella no se lo podría permitir.

A nivel de sus partes, existe lo que todo el mundo conoce como el famoso “espíritu de cuerpo“. Actúa mal un juez, ¿qué otro juez, si no es en  The Rainmaker, A Civil Action o Erin Brockovich, contradecirá la primera orden? ¿Qué abogado se atreverá a oponerse a una decisión de juez? Y, en primera instancia, ¿cómo hace el pobre para pagarse los servicios de un abogado competente?

Si no fuera, igualmente, en las películas norteamericanas, los períodicos nunca sacarían ningún escándalo. Que un hospicio maltrata a sus pensionarios, que un hombre político tiene secretos sexuales, todo esto sale a la luz cuando otro poderoso está interasado en que salga. No hay poder humano, por lo menos, desde abajo, que haga que la luz se haga.

Son miles las quejas que recibe un Presidente de la República a diario. No la puede atender. Por eso tiene un servicio especial. El cual, como la oficina de Santa Klaus, se dedica en realidad, a contestar, con meses, y a veces años de atraso, a cada carta, para asegurar al potencial votante que se toma muy en serio su caso, y que, pronto, saldrá otra carta, la cual, claro, nunca llega. Por otra parte, por la misma división de los poderes, el poder ejecutivo tiene, por lo menos en las democracias, y esto no quiere decir que sean más deseables las dictaduras, ninguna capacidad de intervención ni sobre el poder legislativo ni sobre el poder judicial. Ahí también, por lo menos, cuando se trata de resolver el caso de un ciudadano común.

Se conocen, en Francia, los dos casos paradigmáticos de opuesta libertad (recordemos a la Moraleja de la Fábula “Les Animaux malades de la peste” del Libro VII de La Fontaine: “Selon que vous serez puissant ou misérable,/ Les jugements de cour vous rendront blanc ou noir“) de los poderes respecto uno del otro. Pasemos por encima de lo más obvio: los 10 años en que François Mitterand escondió su hija ilegítima, ahora estrella televisiva y escritora, a todo un país, gastando sin pensárselo ni un segundo los recursos presupuestarios para esta broma, y ordenando a los servicios secretos quemar la imprenta en que un autor-editor Jean-Edern Hallier iba a publicar las revelaciones candantes sobre Mazarine Pingeot (retentissant caso “Des écoutes de l’Élysées” entre 1983 y 1986). Pasemos también por encima de la contradictoria mano dura de Nicolas Sarkozy, desde que era Ministro del Interior, y después como Presidente de la República, contra los crímenes de circulación, con el principio de “tolerancia cero“, mientras su hijo, varias veces involucrado en mala conducta motociclista, nunca fue interpelado, a pesar de denuncias en su contra.

Evoquemos más simplemente los dos casos siguientes: por un lado, un hombre, Roland Agret, quien, condenado en 1970 a quince años de reclusión criminal, de los cuales cumplió 7, en base a falsos testimonios por el asesinato del propietario de un garaje, para obtener la revisión de su caso, su absolución, y una indemnización por los años pasados en la cárcel, se vio obligado en un período de casi treinta años (1970-2005) a ponerse en repetidas huelgas de hambre (1977-1985), tragar tenedores (1983), cortarse los dedos de las manos y mandarselo al Ministro de Justicia (1985), y tirarse una bala en el pie (2005).

Se debe reconocer, no sólo la persistencia y el empeño de Agret en su caso, sino su capacidad en automutilarse. Que, seguramente, lo vuelve un caso clínico, pero que, también, nos interroga sobre el derecho de cualquier persona en ponerse en huelga de hambre cuando su voz ya no está entendida, y la validez de este gesto. Asimismo, por extensión, sobre el derecho, según nosotros, igualmente justificado y absoluto, de terminar dignamente su vida, y rehusar ser un conejillo de india para el enseñamiento terapéutico, problemática popularizada por la película ganadora del Óscar Mar Adentro (2004) de Alejandro Amenábar.

Por otra parte, tenemos el caso del ensañamiento, esta vez, de Sarkozy como Presidente, contra sus antiguos aliados: su predecesor en la Presidencia: Jacques Chirac, y contra el antiguo Ministro Dominique de Villepin, el cual, atacado por el poder judicial, pero para todos con la clara orden (implícita e ilegal, desde la perspectiva de la separación de los poderes) de Sarkozy, una primera vez, y, cuando el juez a cargo no lo condenó, de nuevo acusado, por los mismos cargos, apenas unas cuantas horas más tardes, al mejor estilo de las dictaduras tercermundistas del siglo XX, cuyos ejemplos hemos tenido regados por toda Latinoamérica.

Es así evidente que la primera acción de la sociedad contra el individuo es cortar en lo sano según la expresión consagrada, es decir, al creador de problema, o al que se considera como problemático, apartarle, sea no haciéndole caso, como en las llamadas democracias (que Roland Barthes muy bien definía como “dictaduras flojas“), sea asesinándole de la forma más espectacular, cruel, dolorosa y prolongada, como en las dictaduras (caso de Víctor Jara ante Pinochet, quien, por cierto, nunca fue, seriamente, inquietado por la justicia internacional: salió en silla de rueda de un aeropuerto inglés, llegó de pie a Santiago).

La sociedad se protege mediante la técnica, ya comprobada, del oído sordo.

Pero aquello no es su único comportamiento ante el intruso. Hay más.

Está el cuestionamiento, lo citamos. Ante el que cuestiona la sociedad, la sociedad, con todo el poder de su aparato, sea judicial, sea simplemente periodístico, empieza a cuestionar al cuestionador. ¿Con qué derecho, por qué, qué se tiene entre manos, qué pretende?

También se erige en productora de sentido que elabora su propia medición de lo que hemos llamado el grado de cumplimiento del que la sociedad, por la razón que sea (crisis económica, desempleo, problemas personales o inadaptación social), saca de sus filas:

  1. Primero, se trata de negarle el derecho al sujeto de oponerse. ¿Con qué derecho, en verdad, está cuestionando la máquina tan bien aceitada de la sociedad? ¿Cómo es posible no sentirse bien en la sociedad? Hay diversión, hay fast-food, “si se tiene empleo, hay que agradecer, por lo menos no estar desempleado“, etc.
  2. Este grado de oposición en contra del marginado, que se conoce en cualquier grupo, en particular en contra del recién llegado, o del animal más viejo o del enfermo, este rechazo orquestrado pasa por la creación (de nuevo, de origen medieval: los enfermos de la peste pagaban por algún pecado) de un pecado del problemático. Así el desempleado ya no es el que no halla trabajo, el a quien, como pregona la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la sociedad debe trabajo (artículo 23.1) pero al que no está en capacidad de proveerlo – culpa entonces de la sociedad -, sino el que no quiere trabajar, y prefiere quedarse en casa: la sociedad empieza entonces en buscar razones: la pereza, es la primera. Pero también viene que es ladrón, se aprovecha del trabajo de los demás. Es despreocupado, antisocial y apático. En realidad, no quiere trabajar. El que quiere siempre puede. Si no quiere, puede ser que sea porque es sobrediplomado, y no sabe hacer nada con sus manos, es un puro intelectual, inútil para la sociedad. Si nunca estudió, es un estúpido, que ni llegó a bachillerarse, menos que pueda trabajar en nada, si es que, desde chiquito, empezó a ser perezoso. Si pasa de un empleo a otro, es porque no sabe conservar el empleo. Si no halla, es porque no quiere ensuciarse las manos, es demasiado orgulloso. Nunca se explica que el que busca no decide, y es poco probable que una empresa emplee muy por debajo de sus calificaciones una persona, tampoco que emplee a alguien que no tenga ninguna competencia en el campo específico que busca la empresa, si hay miles que sí la tienen. Tampoco que somos demasiado numerosos para trabajos que necesitan muy poca persona (razón por la cual el siglo XX se definió por la incrementación del trabajo de oficina, y la reducción del trabajo en fábrica y en la agricultura, altamente mecanizados ambos).
  3. Inventa la sociedad además, otro nivel éste de complezación de la respuesta a los creadores de problemas (aún cuando no lo hacen adrede, como en el caso de los desempleados), que la roban: los noticieros empiezan a explicarnos cómo hay gente que se aprovecha de la seguridad social, tomando medicamentos demás (pero no nos cita todos los que cotizamos sin nunca utilizar ninguno), los que perciben la ayuda social pero tienen propiedades o padres que los ayudan o empleos marginales o informales (queriendo decírsenos que percibir lo que en el 2012 corresponde por una persona sola a menos de 500 Euros mensuales es una verdadera ganga,que algunos, ahí sí nos preguntamos qué tipo de personas más enfermas, prefieren a tener un salario que por lo menos les permita comer a diario).

D. Conclusión: elaboración de la CULPA

 

Ils ont beau vouloir nous comprendre
Ceux qui nous viennent les mains nues
Nous ne voulons plus les entendre
On ne peut pas, on n’en peut plus

(Barbara, “Le Mal De Vivre“)

 

El proceso de separación es así completado:

Pasó por todas sus fases:

  1. La enfermización del problemático.
  2. La psiciatrización de su tratamiento.
  3. Su enajenamiento psicológico (es decir, de sí mismo hacia los demás).
  4. Su enajenamiento social (la sociedad lo rechazando, ya acusándolo de ser el causante de los males que sufre: sea porque los provoca por su mente orientada sólo hacia la negatividad, nivel psicológico psicopático, sea porque es una persona con altos niveles de incoherencia, peligrosidad o antisocial, nivel sociológico sociopático).
  5. La explicación de este enajenamiento (psicológicamente: por las debilidades funcionales de la persona, socialmente: por su sociopatía).
  6. La afirmación de la ineluctabilidad de la situación que nos toca vivir a todos.
  7. La asunción de la oposición entre buen y mal ciudadano (respectivamente: el que acepta la situación con sus dificultades pero no la discute, y el que o la discute o no logra integrarse a ella, por causa psicológica o de desempleo).
  8. La conclusión de que, como es macroestructural y por ende fuera de nuestras manos, no hay que buscar ninguna solución, buscarla es peligrosamente sociopático (caso de la crisis económica, o del calentamiento global).
  9. El reconocimiento que si la crisis es universal y no se le puede hacer nada, la búsqueda de la felicidad es un hecho meramente interno (sobre todo nunca debe ser considerado como provocado por situaciones externas: es decir, la felicidad, por ejemplo, no depende del nivel de vida, sino de cómo uno se logra satisfacer con lo que tiene).
  10. La elaboración de la culpa: la situación de desgracia en que uno se encuentra, y el grado en que ésta lo afecta, depende de la decisión individual: conforme la famosa oración de San Francisco de Asís (“Dame serenidad Señor, para aceptar las cosas que yo no puedo cambiar”, serenidad para aceptar, pero también dame valor,  para poder cambiar las que puedo , y dame la sabiduría que hace falta para saber la diferencia“), si no se puede hacer nada contra la desgracia, es de elección de cada quien la manera en qué recibe los malos momentos. “Si tu problema tiene solución ¿por qué preocuparte? Y si tu problema no tiene solución, ¿para qué preocuparte?

Retomemos por última vez nuestro idiota del inicio, que, como lo vemos, se identifica, entonces, con la sociedad: ya cerrado este recorrido, ahí donde la postura lógica sería el rechazo, la repulsión, o, por lo menos, el asombro, ante la situación en que vivimos, la inversión de los valores más naturales provoca que nuestra idiota feliz es el que domina el juego, e impone a los demás las reglas de este absurdo sistema, en el que la ansía de justicia se percibe como un acto anti-patriótico, la apetencia de felicidad como una enfermedad, pero donde la observación del malestar generalizado debe, obligatoriamente, bajo pena, en el mejor de los casos, de tratamiento psiquiátrico, y, en el peor, de aislamiento total del individuo por la sociedad (El suicidado por la sociedad), contemplarse con temple, verse sin veleidad, sufrirse sin asombro, y consumirse con sumo gozo.

Así es que, Colorín Colorado…, en esta nuestra sociedad de flamantes inicios del siglo XXI, el idiota se puso los vestidos de la gente sensata y rige los destinos comunes, cómo, bajo la bata del médico, el propagador del virus impone a todos ver cómo aquel se va regando, imponiéndonos tener una absoluta e impecable gran sonrisa en la boca, y la infaltable flor (“porque no había de otras“… interviene el refrán, la canción) en la mano. Ya que, como dicen bien las canciones, casualmente difundidas en el mismo período:

 

Seems like everybody’s got a price,
I wonder how they sleep at night..
When the sale comes first,
And the truth comes second,
Just stop, for a minute and
Smile!
…/…

It’s not about the money, money, money,
We don’t need your money, money, money.
We just wanna make the world dance,

Forget about the price tag.

(Jessie J. y B.o.B., “Price Tag“, Estados Unidos, primera canción del disco Who Are You?, aparecido el 25 de febrero del 2011)

 

Donnez moi une suite au Ritz, je n’en veux pas !

Des bijoux de chez CHANEL, je n’en veux pas !
Donnez moi une limousine, j’en ferais quoi ? papalapapapala
Offrez moi du personnel, j’en ferais quoi ?
Un manoir a Neufchatel, ce n’est pas pour moi.
Offrez moi la Tour Eiffel, j’en ferais quoi ? papalapapapala


Je Veux d’l’amour, d’la joie, de la bonne humeur, ce n’est pas votre argent qui f’ra mon bonheur, moi j’veux crever la main sur le coeur papalapapapala allons ensemble, découvrir ma liberté, oubliez donc tous vos clichés, bienvenue dans ma réalité.

(Zaz, “Je Veux“, segunda canción del disco Zaz, Francia, aparecido el 10 de mayo del 2010)

Norbert Bertrand Barbe
About Norbert Bertrand Barbe

Norbert-Bertrand Barbe (Francia, 1968) Artista plástico, poeta, teórico y editor. Libros de poesía: “Les Jeux de Diane”,”L´Arma Jane Doe”,” “Cadavres Esquís”,” Moi Claude le bienhereureux (aka Contrechants l´ANPE et Interméde Tropical), (Un poco más de) “20 poemas de odio y una canción desesperada” “Arráncame de tu corazón amor”, “Caprichos nicaragüenses”. Aparece en las revistas: Regart (Bélgica), Ábaco, La botella vacía, Revista Katharsis ( España) , Zona de tolerancia (Colombia); Letras Salvajes (Puerto Rico), Club de Brian, Café Literario (México), Hispanic Culture Review (Estados Unidos) y Artefacto en Nicaragua.